lunes, 7 de diciembre de 2009

Psicologia de la mentira

El ilicitano José María Martínez Selva, catedrático de Psicobiología en la Universidad de Murcia y ex director general de Universidades en esta región, acaba de publicar nuevo libro: "La gran mentira". En él profundiza sobre la psicología de los grandes fabuladores y los grandes engaños que se han registrado en distintos momentos de la historia.


Y recuerda, además, que, si todos fuéramos sinceros, las relaciones personales serían más duras.

J. M. GRAU Cómo surge este libro?
Es continuación de "La Psicología de la Mentira", publicado hace cuatro años. Uno de los aspectos que me quedaron por abordar es la psicología de los grandes mentirosos, los fabuladores, los que poseen la habilidad, o tienen la oportunidad y la aprovechan, de engañar a muchas personas. Va dirigido al público en general y su finalidad es la divulgación de lo que la psicología puede ofrecer, desde el punto de vista científico y clínico, acerca de los grandes mentirosos: fabuladores, psicópatas, mitómanosÉ Todo ello a través de casos históricos, la mayoría recientes, que no dejan de sorprendernos.

¿Qué viene a descubrirnos?
Asistimos en los últimos años, y en diferentes ámbitos, al descubrimiento de grandes engaños y fraudes. Algunas personas se dejan arrastrar por los fuertes incentivos económicos que existen en estas actividades y terminan engañando y cometiendo delitos graves. Los incentivos económicos suelen llevar a algunas personas de manera irremediable al engaño.

¿Mentimos para ser más felices y para no dañar al prójimo?
Existe la mentira bálsamo. En este ámbito entrarían las llamadas mentiras "piadosas", dirigidas a no hacer daño a personas que apreciamos, o cuando decir la verdad provocaría un daño y ningún beneficio; o cuando no queremos destruir las ilusiones o los proyectos de alguien cercano. Otras mentiras más habituales y menos perjudiciales son las Normas del Foro de cortesía. Realmente, no desearíamos buenos días, buenas vacaciones o buenas Navidades a todo el mundo, pero el hacerlo facilita la convivencia. En buena parte, son mentiras esperadas, cuando no deseadas, por lo que son leves.

¿Qué sería de la vida sin mentiras?
Muy diferente de la actual en lo que se refiere a los usos sociales, a la interacción con los demás. Por otra parte, no estamos preparados ni para decirle a todo el mundo lo que de verdad pensamos de ellos, ni para escuchar de todas las personas con las que nos relacionamos todo lo que piensan de nosotros. Piense lo que sería decirle a los compañeros de trabajo todo lo bueno o malo que pensamos de ellos. No existiría cortesía, posiblemente las relaciones personales serían más duras, más brutales. En mi opinión, el problema no son las pequeñas mentiras cotidianas, sino las grandes, las que afectan a muchas personas o las que poseen consecuencias graves.

Usted dice en su libro que hay cierta tolerancia social hacia la mentira. A su juicio, ¿qué pasa en esta sociedad que parece trastocada? ¿Todo se resume en que se han perdido los valores?
Es cierto que en las sociedades mediterráneas hay más tolerancia hacia la mentira que en las anglosajonas y centroeuropeas. También ocurre que los valores cambian, que las nuevas generaciones se nos presentan como más apoltronadas, buscando la satisfacción inmediata, rodeados de tecnología que lo ofrece todo y al instante. Una sociedad dirigida más por los impulsos puede que no sea la mejor para fomentar la reflexión que permite descubrir qué hay de verdad en los mensajes que nos transmiten. Puede que tanto padres como profesores hayamos descuidado la educación. Como padre creo que es muy importante cómo se les educa en casa y especialmente el ejemplo que se les da. Pero no es sólo un problema de educación, o al menos de educación en el sentido tradicional. Para mí, vendría de la mano de una sociedad más diversificada, con más opiniones para escuchar, pluralidad de medios de comunicación, y más contrapoderes o, como se suele decir, más sociedad civil, con más entidades con participación social más activa.

Habla usted, entre otros, de periodistas y políticos, dos colectivos que trabajan a diario con las verdades y las mentiras...
El mundo de la política y de buena parte del periodismo gira alrededor del poder y de la fama. La tentación de recurrir a la mentira, al engaño, para no perder poder o ganar prestigio o influencia, es muy alta. Un político es una persona con proyección pública y debe mantener una imagen, lo que a veces representa la ocultación y, en algunos casos extremos, la fabricación de datos. La imagen que queremos presentar ante los demás es un ideal al que aspiramos y no es real. Esto se multiplica en el caso de las personas con proyección pública. Cuidar la imagen lleva siempre consigo algo de engaño y de disimulo. De las dos formas básicas de mentir que existen, la ocultación y la fabricación de información, la que elige el político es la primera. El político, como el periodista, tiene a muchas personas pendientes de lo que hace o dice, por lo que una fabulación o una fabricación es más fácil de detectar o denunciar ya que hay muchas personas para descubrir qué es verdad y qué es mentira. Por lo tanto, una de sus estrategias básicas es la de ocultar, controlar y dosificar la información para darla a conocer en el momento oportuno. El político utiliza habitualmente la manipulación del lenguaje, lo que no es exactamente una mentira, pero sí una forma de que se vea la realidad de la manera que quiere.

Sabemos que los políticos nos mienten, sobre todo en elecciones, pero ¿por qué seguimos confiando en ellos? ¿Cómo debe responder la sociedad ante casos como los del Yak-42 o los trajes de Camps?
Un fenómeno común a muchas sociedades es el distanciamiento progresivo entre la persona de la calle y los centros de poder político y económico. En el caso de la política, y en España, el sistema electoral basado en listas cerradas es una especie de voto a ciegas a un bloque de personas a quienes conocemos muy poco. Todo queda distante. Esa distancia hace difícil controlar y responder a las falsas promesas electorales y a los engaños, y el político no experimenta de forma imperiosa la necesidad de dar la cara. Una política más cercana descansa menos en clichés y en posibles mentiras que en el conocimiento personal.

¿Hay que reivindicar más que nunca la ética?
No hay que dejar de reivindicar la ética nunca, más de vivirla que de predicarla. Pero debemos asumir que el corregir los comportamientos de graves consecuencias corresponde a todos. Los grandes mentirosos seguirán existiendo. Debemos contar con ello y la sociedad tiene la obligación de defenderse y desenmascararlos y, en algunos casos especialmente graves o sensibles, perseguirlos.

Pero la verdad os hará libres, ¿no?
Frecuentemente, la confesión y la revelación suponen una libertad. El conocimiento de la verdad, después de haber sido engañado, el estado de desengaño es doloroso pero instruye. Después de haber descubierto que hemos sido engañados, tenemos la impresión de que sabemos más que antes. En un sentido diferente diría también que una sociedad en la que se puede mentir es una sociedad libre. La ocultación ofrece la posibilidad de preservar parcelas de intimidad y privacidad. El límite está en el daño que se causa a los demás, en la gravedad de las consecuencias y en el número de personas afectadas por las mentiras.


Fuente: informacion.es

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