martes, 8 de diciembre de 2015

Periodistas que les gusta lamer a los políticos

"Necesitamos periodistas libres, pero... tenemos periodistas que les gusta lamer a los políticos. Se acuestan con los políticos, en todos lados"
Dominique Wolton: "Salvemos la comunicación"
Por Bernabé Sarabia
Nacido en Camerún en 1947, Dominique Wolton es un pensador insoslayable para todo aquel lector que desee entrar en el fascinante y complejo triángulo formado por la comunicación, la cultura y la identidad individual o colectiva. Licenciado en derecho y diplomado por el Instituto de Estudios Políticos de Paris, se doctoró en sociología en 1973 con una tesis que publicó un año después bajo el título El nuevo orden sexual, en la que se percibe la influencia de un Michel Foucault en el apogeo de su fama. En 1979 entra en el reputado Centro Nacional de la Investigación Científica (CNRS), funda la revista Hermès y dirige la colección “Communication”, también editada por el CNRS. Figura mediática, defensor de la cultura francesa -miembro del Alto Consejo de la Francofonía- Wolton ha producido una larga y sugerente obra que además de olvidar a Foucault le ha llevado a situarse frente a Pierre Bourdieu, el otro gran santón del pensamiento francés de la segunda mitad del siglo XX. Cortejado por los medios que él corteja, Wolton cometió la osadía (eso sí, en 2002, poco después de la muerte de Bourdieu) de criticar su famoso libro Sobre la televisión, entre otros textos, señalando con acierto que su concepto de receptor era obsoleto, incompleto y populista. A esto añadió que el análisis de Bourdieu estaba cargado de estereotipos marxistas.

Señalo esto para situar a Wolton en el disputado y batido campo de las ciencias sociales francesas. Como el lector habrá deducido, nuestro autor se sitúa en un territorio en el que es fácil encontrarse con el Edgar Morin de la Teoría de la cultura de masas, El espíritu del tiempo o el Georges Friedman de La fuerza y la sabiduría, creador, no se olvide, del Centro de Estudios de las Comunicaciones de Masas. Territorio en lucha a sangre con el ocupado por los Foucault, Bourdieu y aledaños. Espectáculo fascinante ofrecido por los grandes patrones de la vida académica e intelectual francesa, aunque habrá que dejarlo para otra ocasión.
Wolton vuelve a examinar las relaciones entre cultura, comunicación, identidad, sociedad y política. Quizá lo más novedoso sea su insistencia en el papel de la cultura para interpretar el mundo del siglo XXI. ‘Salvar la comunicación’ es ante todo preservar su dimensión humanista y sus valores democráticos frente a las técnicas y valores de una concepción meramente mercantilista e interesada de la información

El libro que nos ocupa, Salvemos la comunicación, es el último texto de una serie que comienza en 1990 con la aparición de Elogio del gran público (Gedisa, 1992), una teoría crítica de la televisión que sin embargo resulta positiva en su conjunto. El segundo eslabón lo constituye Penser la Communication, aparecido en 1997 y traducido al español en 1999 por la editorial madrileña Acento, texto que es básicamente una reflexión sobre la relación entre la comunicación y la sociedad sobre la que opera. Dos años más tarde sale a la calle Internet, ¿y después?, editado por Gedisa en el 2000, que constituye una brillante reflexión sobre el papel de la comunicación a caballo entre la modernidad y la postmodernidad. Y, ya por fin, en 2005, Salvemos la comunicación.

En esta última entrega Wolton vuelve a examinar las relaciones entre cultura, comunicación, identidad, sociedad y política. Quizá lo más novedoso sea su insistencia en el papel de la cultura para interpretar el mundo del siglo XXI. ‘Salvar la comunicación’ es ante todo preservar su dimensión humanista y sus valores democráticos frente a las técnicas y valores de una concepción meramente mercantilista e interesada de la información. “Comunicar es convivir”, esa es la conclusión a la que nos conduce Wolton. Comunicar es, en su opinión, descubrir la incomunicación del otro y tratar de organizar la convivencia. Para ello se requiere establecer un espacio simbólico en el que la palabra y el diálogo ocupen el lugar de la violencia, es decir una situación de negociación y convivencia.
Wolton distingue distintas acepciones del término cultura, acepciones que, como es bien sabido, cambian con el espacio y el tiempo. En todo caso, y sin entrar ahora en el detalle que esgrime Wolton, lo evidente es que los distintos modelos culturales, como los sociales, movilizan diferentes imaginarios desde los que se interpreta la comunicación y se construye la identidad

A este “comunicar es convivir” llega Wolton a través de tres grandes líneas de reflexión. La primera queda trazada por su vuelta, una vez más, al análisis del papel de la comunicación en la sociedad actual. Remite al lector a los tres grandes planos de la comunicación. El que se refiere a las dimensiones normativa y funcional, el de los tres ámbitos a través de los que se despliega, técnico, económico y sociocultural y, por fin, el de la diferencia entre el uso de las técnicas y la comunicación en sí misma.

La segunda línea de análisis discurre en torno a la idea de identidad. Mientras hace dos décadas la identidad era vista por buena parte de la comunidad académica como un fastidioso engorro del pasado en torno al cual se libraron odiosas guerras, la mundialización ha llevado a una búsqueda de raíces. Ya no se contraponen identidad y progresismo, se quieren ambas cosas a la vez. “Los hombres –afirma Wolton- quieren la identidad y la comunicación a la vez”.

La tercera línea gira en torno al significado de la cultura en la sociedad del siglo XXI. Wolton distingue distintas acepciones del término cultura, acepciones que, como es bien sabido, cambian con el espacio y el tiempo. En todo caso, y sin entrar ahora en el detalle que esgrime Wolton, lo evidente es que los distintos modelos culturales, como los sociales, movilizan diferentes imaginarios desde los que se interpreta la comunicación y se construye la identidad.

Al cruzar estas tres líneas de reflexión Wolton retoma un molde de análisis muy sugerente que, en realidad, ya utilizó en La otra mundialización, un texto de 2003, traducido por Gedisa en el 2004. Dicho molde es lo que denomina “el triangulo infernal” de la identidad, la cultura y la comunicación. Estos tres grandes y polisémicos conceptos que en el pasado nos servían para entender los procesos de emancipación, apertura, progreso y acercamiento, pueden hoy, en un mundo abierto en el que se contemplan con facilidad todas las diferencias y todos lo privilegios, llegar a convertirse en un poder desestabilizador, en una amenaza convertida en espada de Damocles.

En síntesis, el objetivo de Salvemos la comunicación es sobre todo el intento de organizar la convivencia de la humanidad en un planeta globalizado. Dicho intento ha de cabalgar sobre una comunicación capaz de asumir la diversidad cultural. Una diversidad cultural -Wolton insiste repetidas veces en ello- que respete los viejos ideales de la Ilustración, de emancipación individual y democracia.
Fuente: ojosdepapel.com

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