jueves, 24 de enero de 2013

Peruano gana Premio Internacional Rey de España en categoría Periodismo Ambiental


El periodista peruano Jack Lo Lau recibirá el
Premio Internacional Rey de España en la categoría de Periodismo Ambiental por su trabajo “Una cita con tu bolsa de basura a medianoche” publicado en la revista Etiqueta Verde.




Una cita con tu bolsa de basura a medianoche

¿Qué sucede en las nueve horas y media que recorren los desechos de la puerta de tu casa al relleno sanitario?
Una crónica de Jack Lo Lau
Fotografías de Giancarlo Shibayama

UNA BOLSA DE BASURA

En la esquina del Jirón de la Unión con Ica una bolsa de polietileno está atrapada entre las piernas de una mujer. Salió de una tienda hace tres horas. Es negra para ocultar lo que hay dentro. Es grande como para contener un televisor de veintiún pulgadas, pero no resiste más de quince kilogramos. En el Perú, la ley dice que las bolsas de residuos sólidos deben tener un color distinto según lo que lleven dentro. Amarillo es para metales, blanco para plásticos, azul para papel, verde para vidrio y rojo para restos hospitalarios. Sólo los desechos de los hospitales, que no son colocados en la calle, respetan el color que les corresponde. Nadie más lo cumple. La basura de las casas suele ir en la primera bolsa que encontramos. Esta noche de primavera en una de las calles peatonales más concurridas del centro de Lima hay docenas de costales de polietileno de todos los colores. La única clasificación visible es la de las marcas que las reparten. Blancos de farmacias, amarillos y verdes de supermercados, rojos de centros comerciales. Esta bolsa de polietileno (el plástico más común) es una de los mil millones que se fabrican al año en el mundo. En este momento una mujer la detiene entre sus piernas y hunde en ella sus codos. Trinidad Huamán es una anciana de setenta y un años de pelo plateado y dentadura incompleta que trabaja con tres chompas encima y una chalina que le cubre el cuello. Ha pasado los últimos veinte años buscando plásticos, papeles y vidrios. Actúa con la precisión de un cirujano. Después de cinco minutos de hurgar terminará por descartar cáscaras de mandarina, vasos de tecnopor y bordes de pizza. Los desperdicios de una cena mal medida, quizás el almuerzo que alguien no comió. Para ella no tienen valor. Cuatro cajas de cartón y unas treinta hojas de papel bond es lo único que la mujer rescatará de esa bolsa en el Jirón de la Unión. En unos minutos esta bolsa de plástico viajará en un camión hasta una planta de transferencia en San Juan de Miraflores, al sur de Lima. El plástico es un remedio para el moderno invento de la basura. Almacena los bienes que la revolución industrial creó en el siglo XIX y también se encarga de contenerlos por última vez, lejos de nuestra vista, cuando los hemos descartado. A la una de la madrugada esta bolsa se perderá entre miles de otras como ella para recorrer la misma distancia de un maratón y ser sepultada en un relleno sanitario. Los ambientalistas aseguran que no deberíamos emplear más plástico. En España han creado una ley para que en 2018 nadie use esas bolsas. En Bronwsville, uno de los municipios más pobres de Texas, ya están prohibidas y quienes se empeñen en usarlas deben pagar un dólar por cada una para contribuir con el presupuesto de limpieza de la ciudad. Los canadienses Harry Wasylyk, Larry Hansen y Frank Plomp crearon en 1950 la bolsa para basura. En la Edad de Piedra, todo era aprovechable y biodegradable. El reciclaje era un asunto cotidiano. En el siglo XXI creemos que no nos hace tanta falta. Todo es más barato y descartable. Una bolsa de basura es un instrumento para olvidar. La que está aquí esta noche tardará doscientos años en degradarse.

UNA ESQUINA
Un hombre cojea a causa de las placas de platino que lleva en la pierna derecha. Un carro lo atropelló hace diez años cuando iba en su triciclo recogiendo chatarra. Dice que si pudiera caminar sin ellas las vendería. Son las diez y media de la noche de un jueves y de las setenta mil personas que pasan al día por el Jirón de la Unión sólo quedan unas cuantas con el andar de quienes tienen ganas de volver a casa. Media docena de paquetes negros esperaban ser manoseados antes de que pase el camión. Sin que nadie les preste atención, dos hombres y Trinidad Huamán abren la basura envuelta y eligen lo que puede venderse. Después la vuelven a cerrar, como si nada hubiera pasado. Si estuvieran en el distrito de Surco, dejarían las bolsas volteadas de cabeza, para que sus colegas supieran que allí no hay nada más que rescatar. Una luz amarilla revela las huellas de los borrachos que manchan las paredes y chorrean hasta el pavimento. Hacía dos semanas que se había iniciado la primavera, pero corría un viento helado. Como otros recicladores, Huamán se preocupa por la limpieza para que la municipalidad la deje trabajar. Barre el piso pendiente de que no la confundan con drogadictos que destruyen los bultos cuando buscan algo que puedan comer o vender para comprarse un poco de pegamento. Mientras hace su trabajo, un joven pasa de largo con la nariz dentro de una bolsa más pequeña cuyo contenido le ha puesto los ojos rojos y el andar zigzagueante.
Se necesita un kilo de botellas de vidrio para comprar los ocho panes del desayuno de una familia. Esta noche hay una jornada pesada para quienes se adelantan al paso del camión: todas las esquinas del Jirón de la Unión están repletas de bultos que parecen de hace varios días, pero sólo tienen unas horas a la intemperie. Apilados junto a postes de luz son pasajeros que aguardan el próximo camión que llegará en tres horas. Antes de ser un paradero para la basura en tránsito, las esquinas eran un espacio urbano para conquistar. En el Perú «tener esquina» era una expresión que hablaba de cierta pericia con los puños o de transacciones ilícitas. Las esquinas nunca fueron lugares limpios. Quizás esa sea la razón por la que son el lugar más común para tirar la basura antes de dormir. Son los territorios de los caminantes nocturnos que parecen invulnerables al espanto del contenido de nuestros desperdicios. Les decimos recicladores. Como separan los desechos orgánicos de los inorgánicos y reusables, la industria del reciclaje los llama segregadores. Una nueva ley intenta mejorar su calidad de vida, pero el debate por su denominación ha beneficiado a la industria y no a ellos. El que recicla debería transformar, y ellos sólo recogen, separan, seleccionan, explica el gerente de una de las dos empresas que administran rellenos sanitarios en Lima. Para Albina Ruiz, una peruana experta en desechos con fama internacional, el ciclo del reciclaje no existiría sin ellos. En algunos distritos como Ate y Surco, los recicladores juegan a las escondidas con la seguridad municipal y los camiones de basura. Un reciclador sólo necesita palpar por fuera para saber lo que hay dentro de los paquetes. Unos minutos antes de las once llega el camión de basura número 5034. Se estaciona en la esquina y espera a que los recicladores terminen de llevarse los cuarenta kilos de papel, cartón y plástico que encontraron y por los que no recibirán más de diez dólares. Su trabajo es necesario en una sociedad que sigue cocinando en casa y que produce por persona ochocientos gramos de residuos diarios en promedio, menos de la mitad de lo que se produce en Estados Unidos. Sin máquinas que separen los residuos orgánicos y los inorgánicos en cada esquina, los recicladores lo hacen en silencio, sin molestar a nadie.
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